Lanzado en 2023 tras una década de desarrollo, Baldur’s Gate 3 no es solo un éxito comercial: es una declaración filosófica sobre el futuro de los videojuegos. En una industria dominada por mundos abiertos vacíos y progresión lineal, Larian Studios ha apostado por lo contrario: complejidad, consecuencias y libertad absoluta.
El poder de las reglas de D&D 5e
En lugar de inventar un sistema desde cero, el juego adopta las reglas oficiales de Dungeons & Dragons. Esto no es nostalgia: es una elección inteligente. Las tiradas de dado, los turnos, los hechizos limitados… todo obliga al jugador a pensar, planificar y asumir riesgos. No hay “grinding” ni niveles automáticos. Cada decisión cuenta.
Narrativa emergente, no escrita
Mientras otros juegos ofrecen ramificaciones binarias (“salvar o matar”), BG3 permite soluciones creativas: convencer a un enemigo con un conjuro de ilusión, sobornarlo con objetos robados, o incluso hacerle aliado si compartís ideología. El guion no se bifurca; se expande como una red orgánica.
El verdadero logro técnico
El motor del juego permite que casi cualquier objeto interactúe con cualquier otro: fuego quema telarañas, agua apaga antorchas, alturas permiten emboscadas. Esta física contextual crea momentos únicos que no están programados, sino simulados.
¿Un modelo sostenible?
Larian rechazó el modelo de “live service”. Sin microtransacciones, sin pases de batalla, sin contenido bloqueado. Todo está incluido desde el inicio. Es un recordatorio: los grandes juegos no necesitan explotar al jugador para ser rentables.
En 2026, BG3 sigue siendo la brújula moral del desarrollo de videojuegos.
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